Tener una mascota no es fácil y cuando es la primera vez se complica más. Estoy toda desvelada porque Gingy estuvo haciendo gala de sus capacidades vocales: que si tenía hambre, que si quería usar su arena, que si necesitaba caricias o que si simplemente quería hacerme perder la cordura.
Después de consultar en Internet sobre la posible razón de este comportamiento nocturno, me encontré con que mi amado gato adolescente estaba
horny y como la situación no podía continuar, decidimos esterilizarlo.
El primer paso fue comprar la transportadora y mi pequeño la adoró instantáneamente porque parecía 'cuevita', aunque jamás se imaginó el propósito de la misma.
Pero la felicidad se acabó esta mañana. Con un frío espantoso y atoradas en una peregrinación hacia la Basílica, mi mamá y yo llevamos al chamaco al hospital veterinario, donde ya lo estaban esperando. Como el lugar era pequeño, decidimos ir a almorzar mientras Gingy le decía adiós a cualquier posibilidad de dejar descendencia.
Mientras tomaba un café con exceso de crema que odié y me di cuenta horrorizada que mis enfrijoladas estaban rellenas de pollo (yuck!), no dejaba de pensar en él. Pobrecito, seguramente estaba en la plancha del quirófano, todo espantado y sin saber que le pasaría... pero sería peor que por sus instintos escapara y le pasara algo en la calle (hay muche gente mala), o que anduviera dejando hijos regados por el mundo...
El hecho de pensar en Gingy perdido, hambriento y con frío o una camada de gatitos con un futuro incierto, más un desayuno nada apetitoso terminaron por darme dolor de estómago.
Una vez en la clínica, me enteré que Gingy ya había sido operado y que le estaban cortando las uñas, pero que no podría llevármelo hasta que lo dieran de alta. Por los 'rugidos' que escuché, mi hijo felino no estaba nada contento y puso a temblar a un gatito blanco (con cara de mustio) que recién había llegado para ser desparasitado.
Dos horas después me lo entregaron, diciéndome que estaba muy molesto pero se quedaron cortos en el adjetivo. En realidad, estaba en-ca-bro-na-do; así me lo dejó saber cuando me siseó en plena cara con un aliento cargado de furia.
Al llegar a casa paso algo de lo más extraño: Gingy había perdido la memoria a causa de la anestesia. Nos desconocía y recorría el departamento sin parar como la primera vez; casi no comió (algo raro en él) y se subía a los lugares prohibidos como los sillones y la cama de mi mamá. Lo doloroso fue la mordida que me propinó al untarle una pomada que le recetaron, pero no me importó, era necesario. Por un momento, me sentí como en la pelí
El Exorcista. Sólo faltaba que le girara la cabeza... ¡Qué miedo! x_x
Tras una buena siesta, Gingy comenzó a recordar y a portarse ligeramente mejor. Devoró un sobrecito completo de salmón y algunas croquetas especiales para su nueva condición, dejó en la arena unos
cakes monumentales y finalmente, se puso de hiperactivo (a fin de cuentas está plena edad de rebeldía)...
¡Ahhh! Ha sido un día bastante largo. Sólo espero que pase una buena noche y que me deje descansar. Estoy exhausta... Zzz...